Durante años la industria tecnológica nos acostumbró a un ritmo casi absurdo de dispositivos nuevos cada doce meses, actualizaciones que duran apenas unos pocos años y la sensación constante de que lo que tenemos ya quedó atrás. En ese contexto, usar un mismo dispositivo durante seis años parece algo imposible, pero a mí me funciona y tiene mucho sentido.
Mi tablet, una Samsung Galaxy Tab S6 Lite (2020) está a punto de cumplir ese tiempo conmigo y aún hoy sigue siendo perfectamente usable pese a su hardware ciertamente modesto. Parte de esa longevidad se explica por una decisión que tomé casi desde el primer día: reemplazar el sistema original de Samsung por LineageOS. Gracias a eso hoy corre Android 16, varias versiones por encima de lo que el fabricante decidió soportar oficialmente.
Pero más allá de la parte técnica, hoy quiero reflexionar sobre algo más simple y contrario a la lógica que el mercado tecnológico nos cuenta: muchas veces nuestros dispositivos no quedan obsoletos porque realmente hayan dejado de servir, sino porque asumimos —marketing mediante— que deberían hacerlo.
Para qué uso realmente una tablet

Con el paso del tiempo mi uso de la tablet fue cambiando bastante. Hoy en día la utilizo principalmente para consumir contenido, algo que cobró mucho más protagonismo desde que empecé mi viaje en bicicleta hace más de 10 meses. Cuando uno pasa muchas horas pedaleando y luego termina el día en un camping, un hostal o armando la carpa en algún lugar tranquilo, tener un dispositivo cómodo para ver algo, leer o inclusive planificar la ruta del día siguiente se vuelve bastante valioso.
Una de las cosas que más uso es la posibilidad de descargar contenido para verlo offline. En un viaje como este no siempre hay buena conexión a internet, así que suelo llevar videos, mapas y otros recursos descargados. En ese contexto, la pantalla de diez pulgadas de la Samsung Galaxy Tab S6 Lite resulta mucho más cómoda que la del teléfono para ciertos usos, y el almacenamiento interno lo complemento con una tarjeta microSD de suficiente capacidad para llevar en ella bastante contenido.
En cuanto a lectura, la tablet cumple un rol más específico. Para libros prefiero claramente mi Kobo Clara 2E, que está pensado justamente para eso y es mucho más cómodo para sesiones largas. Pero cuando se trata de PDFs, documentación técnica o cómics la tablet resulta mucho más práctica. El formato de esos contenidos se adapta mejor a una pantalla grande y evita tener que estar desplazando la página o haciendo zoom constantemente. Otra cosa que hago ocasionalmente, aprovechando el tamaño de la pantalla, es edición básica de fotografías. Cuando estoy viajando no siempre tengo un espacio cómodo para sacar la laptop y trabajar con calma, así que tanto el teléfono móvil como la tablet se vuelven alternativas bastante prácticas para revisar fotos y hacer ajustes rápidos.
Cuando tenía un trabajo de oficina también la usaba para consultar el calendario, revisar notas o abrir material de estudio mientras trabajaba desde la laptop. En algunas ocasiones la utilicé para participar en reuniones virtuales. En ese sentido funciona bien como un dispositivo secundario que me permite tener cierta información a mano sin saturar la pantalla principal.
El S Pen que incluye la tablet también tuvo su momento de protagonismo. Durante bastante tiempo lo utilicé para dibujar diagramas o explicar ideas en reuniones técnicas, algo que resulta bastante natural cuando uno necesita esquematizar redes, arquitecturas o flujos de trabajo. Hoy lo uso menos, pero sigue siendo una herramienta útil cuando aparece la necesidad, aunque pienso que podría prescindir de ello sin echarlo en falta.
Si soy completamente honesto, en cierto modo tener una tablet sigue siendo un pequeño lujo, pues podría arreglarme con el teléfono y la laptop. Pero también es cierto que para algunas tareas encaja justo en el medio: más cómoda que el teléfono para consumir o revisar información, y más simple que la laptop cuando solo quiero hacer algo rápido sin armar todo un espacio de trabajo. Y en ese punto intermedio es donde, incluso después de varios años, sigue teniendo sentido.
Hardware modesto, pero suficiente
Como decía, la Samsung Galaxy Tab S6 Lite nunca fue un dispositivo impresionante desde el punto de vista del hardware. Cuando salió al mercado en 2020 ya estaba claramente posicionada en una gama media bastante moderada. No tenía una pantalla OLED, ni un procesador especialmente potente, ni grandes cantidades de memoria. Sobre el papel, parecía el tipo de dispositivo que inevitablemente iba a sentirse viejo en pocos años. Y lo cierto es que si lo comparamos con hardware actual puede parecer un poco justo, pero si uno mantiene una cantidad razonable de aplicaciones instaladas y no pretende convertirla en una estación de trabajo, el sistema responde con bastante fluidez, y así tras seis años sigue funcionando suficientemente bien.

La pantalla es un punto interesante. No tiene ninguna tecnología especialmente moderna: es un panel LCD bastante sencillo y definitivamente no compite con las pantallas OLED que hoy se ven en muchos dispositivos. Pero para el uso real que le doy sigue siendo más que suficiente. A veces la diferencia entre “suficiente” y “espectacular” importa mucho menos de lo que sugiere el marketing.
La batería es otro aspecto que sorprendentemente se mantiene bien. Después de varios años de uso sigue ofreciendo una autonomía razonable y no he tenido que preocuparme demasiado por su desgaste. No sabría decir exactamente qué porcentaje de salud conserva, pero en la práctica continúa siendo confiable para el día a día. Y llegado el momento, si tuviera que reemplazar la batería, aún tendría mucho sentido en relación costo-beneficio.
Todo esto me lleva a una conclusión que a veces se pierde entre comparativas de fichas técnicas: muchas veces el límite no lo pone tanto el hardware como el software moderno. Las aplicaciones tienden a volverse más pesadas con el tiempo, los sistemas operativos agregan capas de complejidad y los dispositivos terminan cargando con funciones que muchas personas nunca utilizan.
Si uno elige con cierto cuidado qué aplicaciones instalar y evita convertir el dispositivo en un contenedor de software innecesario, incluso un hardware relativamente modesto puede seguir siendo perfectamente funcional durante muchos años. Y en mi experiencia, esta tablet es un buen ejemplo de eso.
Cuando el software decide que tu hardware murió
Si hay algo que realmente acorta la vida útil de muchos dispositivos hoy en día, no suele ser el hardware sino el software. Esta tablet recibió actualizaciones oficiales durante algunos años, pero eventualmente el soporte por parte de Samsung terminó. Como suele ocurrir en estos casos, el dispositivo dejó de recibir nuevas versiones del sistema operativo y parches de seguridad a pesar de que el hardware seguía funcionando perfectamente.
En mi caso, esto nunca llegó a ser un problema porque, como decía, tomé bastante temprano la decisión de instalar LineageOS. Lo hice porque quería evitar el bloatware que suele venir con muchas capas de personalización de los fabricantes y tener una experiencia más cercana a Android puro, y de paso prescindir en gran parte de los servicios de Google. Pero con el tiempo esa decisión también me ha permitido extender la vida útil del dispositivo, recibiendo mejoras del sistema, correcciones de seguridad y compatibilidad con aplicaciones modernas que de otra forma podrían haber dejado de funcionar.
Otra cosa a destacar es que no perdí prácticamente ninguna funcionalidad importante con el cambio de sistema operativo. En LineageOS el S-Pen sigue funcionando como siempre, la estabilidad del sistema es buena y el uso se siente más fluído al no tener encima todas las capas de software adicionales del fabricante. Instalar una ROM alternativa puede sonar intimidante para quien nunca lo hizo, pero en este dispositivo en particular el proceso es bastante accesible. No requiere conocimientos extremadamente avanzados y hay suficiente documentación disponible como para que cualquier persona con un poco de curiosidad técnica pueda intentarlo.
Cuando existe una comunidad que mantiene el sistema actualizado, como ocurre con proyectos como LineageOS, queda claro que el hardware todavía tiene mucho más para dar. Y en ese sentido, la supuesta obsolescencia de muchos dispositivos se ve como una decisión impuesta dentro del modelo de negocio de la industria tecnológica.
Los fabricantes, como Samsung, operan en un mercado que necesita ciclos de renovación relativamente cortos. Cada año aparecen nuevos modelos, nuevas características, nuevas campañas de marketing que nos recuerdan constantemente que existe algo mejor que lo que tenemos. Lo que no es necesariamente un engaño: los dispositivos nuevos suelen ser realmente mejores. Pero eso no significa que los anteriores hayan dejado de ser útiles o que nadie necesite dispositivos más nuevos o más potentes. Hay usos que claramente se benefician de hardware más moderno. Pero también es cierto que muchas personas podrían usar sus dispositivos durante bastante más tiempo del que creen.
Tecnología suficiente
Usar durante años el mismo dispositivo también cambia un poco la forma en que uno se relaciona con la tecnología. En mi caso, prefiero exprimir los dispositivos hasta que realmente dejen de servir. Hay al menos un par de razones detrás de esa decisión. La primera es bastante simple: desde el punto de vista financiero tiene sentido aprovechar al máximo algo que ya hemos pagado y funciona. La segunda tiene que ver con algo cada vez más evidente: la cantidad de basura tecnológica que generamos como sociedad.
Cada dispositivo nuevo implica materiales, energía, transporte y eventualmente residuos electrónicos. Si un equipo sigue siendo usable, reemplazarlo simplemente porque existe algo más nuevo es bastante absurdo.
Eso no significa rechazar la innovación ni negar que los dispositivos actuales tienen mejoras importantes. Simplemente implica reconocer que muchas veces no necesitamos lo mejor ni lo más nuevo. A veces solo necesitamos algo que funcione bien.
Curiosamente, después de todo este tiempo tampoco estoy seguro de que hoy compraría otra tablet si esta dejara de funcionar. En muchos sentidos sigue siendo un dispositivo que vive en ese espacio intermedio entre el teléfono y la laptop: no es imprescindible, pero cuando está ahí resulta sorprendentemente práctico.
Tal vez lo más interesante de usar el mismo dispositivo durante tantos años es la perspectiva que deja. Con el tiempo uno empieza a notar que muchas cosas en tecnología están diseñadas para empujarnos hacia el próximo modelo, la próxima actualización, el próximo ciclo de consumo. Y sin embargo, cuando un dispositivo sigue cumpliendo su función, esa urgencia empieza a perder sentido.
En un mercado que constantemente nos recuerda lo que nos falta, a veces vale la pena prestar atención a algo más simple: lo que todavía funciona.