Escribí esto para entender algo que me estaba pasando. Lo publico porque sé que no siempre hace falta una respuesta: a veces alcanza con sentirse menos solo.
No fue una epifanía. No hubo discusión final ni portazo. Fue una frase dicha con naturalidad —con buena intención inclusive— la que terminó de ordenar todo.
Hasta ese momento yo creía que mi trabajo era mejorar las cosas. Elevar estándares. Aprender, afinar criterios, reducir riesgos, compartir lo aprendido para que el sistema funcionara mejor mañana. Pensaba que ese era el trato implícito.
Pero no lo era.
Mi trabajo no consistía en transformar nada. Consistía en absorber. En detectar fallas antes de que se notaran. En tapar errores ajenos para que nadie tuviera que hacerse cargo. En evitar que las consecuencias aparecieran, aun cuando las causas seguían intactas.
No era mejorar el sistema. Era mantenerlo funcionando sin cambiarlo.
Ahí entendí por qué cada intento de elevar estándares generaba fricción. No porque estuviera equivocado, sino porque estaba apuntando al lugar incorrecto. Yo hablaba de resultados. El sistema hablaba de estabilidad. Yo proponía consecuencias. El sistema necesitaba contención.
No se esperaba de mí que marcara el camino, sino que amortiguara el golpe. Que fuera competente, sí, pero de una forma muy específica: lo suficiente como para que nada se rompiera, nunca tanto como para que algo tuviera que revisarse en serio.
Ese fue el punto exacto en el que algo se quebró.
Porque aceptar ese rol implicaba una renuncia silenciosa. No a la exigencia, sino al sentido. Trabajar bien dejaba de ser construir algo mejor y pasaba a ser evitar que lo peor ocurriera. Una tarea infinita, sin horizonte.
Empecé a notar el desgaste. No como enojo sino como endurecimiento. Una distancia creciente entre lo que entendía que debía hacerse y lo que estaba dispuesto a sostener. La lucidez empezaba a transformarse en desprecio. Y eso era nuevo.
Ahí comprendí algo más incómodo todavía: no todos los trabajos piden lo mismo. Algunos piden inteligencia. Otros compromiso. Y algunos piden algo más sutil y más caro: que sacrifiques tu criterio para que el sistema no tenga que cambiar.
No creo que negarse a eso sea rebeldía, y tampoco es superioridad moral. Es, en el mejor de los casos, una forma de autocuidado.
Me fui porque entendí cuál era realmente mi trabajo. Y supe que, si lo aceptaba, iba a convertirme en alguien que no quería ser. No era una tarea difícil. Era una tarea incompatible conmigo.